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Así comenzó el ataque en Brasilia

Mientras el autobús se dirigía desde el corazón agrícola de Brasil a la capital, Andrea Barth sacó su teléfono para preguntar a sus compañeros de viaje, uno por uno, qué pensaban hacer cuando llegaran.

“Derrocar a los ladrones”, respondió un hombre.

“Sacar al ‘Nueve Dedos’“, dijo otro, en referencia al presidente de izquierda de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, quien hace décadas perdió parte de un dedo en un accidente de trabajo sucedido en una fábrica.

Mientras los pasajeros describían sus planes de violencia, más de cien autobuses llenos de simpatizantes de Jair Bolsonaro, el expresidente de extrema derecha, también descendían en Brasilia, la capital.

Video posted on social media shows dozens of supporters of Jair Bolsonaro arriving in Brasília by bus.Jakelyne Loiola, via Twitter

Un día después, el 8 de enero, una turba pro-Bolsonaro desató un caos que conmocionó al país y que dio la vuelta al mundo. Los agitadores invadieron y saquearon el Congreso, el Supremo Tribunal Federal y el palacio de gobierno del país, con la intención, según muchos de ellos, de incitar a los líderes militares a derrocar a Lula, quien había asumido el cargo una semana antes.

El ataque caótico tuvo un parecido inquietante con el asalto al Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021: cientos de manifestantes de derecha, alegando que una elección estuvo amañada, entraron a los pasillos del poder.

Ambos episodios impactaron a dos de las democracias más grandes del mundo, y casi dos años después del ataque de Estados Unidos, el asalto del domingo de hace un par de semanas mostró que el extremismo de extrema derecha, inspirado por líderes antidemocráticos e impulsado por teorías de la conspiración, sigue siendo una grave amenaza.

Lula y las autoridades judiciales actuaron con rapidez para recuperar el control y detuvieron a más de 1150 alborotadores, desalojaron los campamentos donde se refugiaron, buscaron a sus financiadores y organizadores y, el viernes de la semana pasada, abrieron una investigación sobre cómo Bolsonaro pudo haberlos inspirado.

The New York Times habló con las autoridades, servidores públicos, testigos y participantes en las protestas y revisó decenas de videos y cientos de publicaciones en las redes sociales para reconstruir lo sucedido. El resultado de la investigación muestra que una turba superó con rapidez y sin esfuerzo a la policía.

También muestra que algunos agentes de la policía no solo no actuaron contra los alborotadores, sino que parecían simpatizar con ellos, ya que se dedicaron a tomar fotos mientras la turba destruía el Congreso. Un hombre que fue a ver qué estaba pasando dijo que la policía simplemente le indicó que se dirigiera a los disturbios.

El desequilibrio entre los manifestantes y la policía sigue siendo uno de los puntos centrales de la investigación de las autoridades y las entrevistas con los agentes de seguridad han generado acusaciones de negligencia grave e incluso de complicidad activa en el caos. Tras los disturbios, las autoridades federales suspendieron al gobernador responsable de la protección de los edificios públicos y detuvieron a dos altos funcionarios de seguridad que trabajaban para él.




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Barrera

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Edificio del

Congreso

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Supremo

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Imágenes satelitales Planet Labs

Por Scott Reinhard

Los disturbios en el corazón de la capital de Brasil han puesto al país en la que quizás sea su coyuntura política más desafiante desde que un liderazgo civil remplazara a una dictadura militar que comenzó en 1985 y se prolongó por 21 años.

Brasil había resistido escándalos de corrupción y protestas masivas, elecciones tensas y crisis económicas, presidentes acusados y encarcelados. Pero con los negacionistas de las elecciones, inspirados en sus homólogos en Estados Unidos, el ataque reveló cuán vulnerable es la democracia de Brasil.

Muchos de los que llevaron a cabo el asalto a las instituciones democráticas de Brasil conspiraron a plena luz del día y anunciaron sus planes en las redes sociales. Pero no fueron escuchadas las advertencias que dieron los funcionarios de inteligencia.

Y a medida que los investigadores federales siguen los rastros de dinero en Brasil, queda claro que las élites empresariales y los aliados de Bolsonaro fueron cruciales para financiar las protestas que al final se tornaron violentas.

Sin embargo, el mayor desafío de Brasil podría ser que una parte considerable del país ha perdido la fe en la democracia, a pesar de que no hay evidencia creíble de fraude electoral.

Mientras las instituciones brasileñas formaban un frente unido contra cualquier intento de Bolsonaro de impugnar los resultados de las elecciones —el expresidente se autoexilió en una casa rentada cerca de Disney World—, sus falsas afirmaciones sobre el fraude electoral se han enconado y extendido por la nación más grande de América Latina.

La mañana siguiente a los disturbios, las entrevistas con una docena de manifestantes mostraron que estaban lejos de darse por vencidos e incluso estaban superando al hombre que una vez los había liderado.

“Ya no estamos aquí por el presidente Bolsonaro. Estamos aquí por nuestra nación, nuestra libertad”, dijo Nathanael S. Viera, de 51 años, quien condujo unos 1450 kilómetros para enfrentar a lo que dijo era un complot comunista. “Nos están robando nuestro futuro. ¿Entiendes?”.

Carl De Souza/Agence France-Presse — Getty Images

El día de Año Nuevo, Lula subió la rampa de entrada a las oficinas presidenciales de Brasil y aceptó la banda presidencial verde y amarilla de manos de una mujer que recolecta basura para reciclar. Bolsonaro ya se había marchado a Florida.

Para aproximadamente la mitad del país, se trató del final bien recibido de cuatro años de caos durante el gobierno de Bolsonaro. Pero para millones de otros brasileños, fue la consumación de un delito sofisticado: unas elecciones robadas que, durante dos meses, le habían estado pidiendo a los militares que anularan.

Días después, en los rincones pro-Bolsonaro de internet —en tuits, videos de TikTok, canales de Telegram y grupos de WhatsApp— se convocó a una enorme manifestación dominical en la capital, justo donde los simpatizantes de Lula habían celebrado una semana antes.

Algunos panfletos digitales prometían una fiesta, mientras que otros pedían algo mucho más serio. Hubo mensajes que exigían el bloqueo de carreteras y refinerías de petróleo, y otros que apuntaron al corazón del gobierno.

“El plan es rodear Brasilia”, escribió una persona en un grupo de Telegram y adjuntó una imagen aérea del Congreso, del Supremo Tribunal y del Palacio de Planalto, sede de la presidencia.

“Necesitamos periodistas de todo el mundo para que informen de este momento”, respondió otra persona, “para que quede marcado en la historia de Brasil”.

Sin embargo, parecía que los planes no alarmaron a las autoridades.

Ricardo Cappelli, viceministro de Justicia de Brasil, dijo que las manifestaciones a favor de Bolsonaro habían tenido un tono conspirativo durante mucho tiempo, pero que en general no habían sido violentas. “No parecía serio”, dijo, “y no era lo suficientemente grande como para ser tomado en serio”.

El lugar previsto para la protesta —la explanada cubierta de hierba de un kilómetro de largo que se extiende hasta el Congreso de Brasil– siempre ha sido el lugar elegido por los brasileños para desahogar su frustración y en ocasiones ha congregado a cientos de miles de personas.

Los servicios de inteligencia sugirieron que la participación del domingo sería de algunos millares de personas.

Aunque la explanada está flanqueada por los edificios gubernamentales más importantes, otra entidad se encarga desde hace tiempo de la seguridad de las manifestaciones: el gobierno distrital que es responsable de Brasilia.

Nelson Almeida/Agence France-Presse — Getty Images

El gobierno federal le paga al distrito 2000 millones de dólares al año para que se encargue de la seguridad y estaba satisfecho con los resultados.

Sin embargo, al día siguiente de la inauguración, hubo un cambio abrupto en el aparato de seguridad del distrito. El 2 de enero, el jefe de seguridad del distrito fue remplazado por Anderson Torres, exministro de Justicia de Bolsonaro y una de las principales figuras detrás de las afirmaciones infundadas de que los sistemas de votación electrónica de Brasil están plagados de fraude. (Los análisis no hallaron evidencia de fraude, y las auditorías del sistema electoral realizadas por expertos independientes en seguridad concluyeron que el sistema es seguro).

Torres sustituyó con rapidez a gran parte del personal de alto rango de su departamento.

El 6 de enero, el distrito celebró una reunión de la que salió un plan de cuatro páginas que asignaba gran parte de la responsabilidad de la seguridad a la policía del distrito, según una copia obtenida por el Times. De acuerdo con el plan, la policía detendría a los manifestantes antes de que llegaran al Congreso y estudiaría la posibilidad de cerrar la explanada.

Flávio Dino, nuevo ministro de Justicia de Brasil, declaró que, al día siguiente, el gobernador distrital, Ibaneis Rocha, le dijo que la explanada se mantendría cerrada. Luego, poco antes de la protesta, Dino se enteró por un artículo de prensa de que, de hecho, Rocha había decidido abrirla a los manifestantes.

Más tarde, Dino declaró ante reporteros que, por desgracia, el número de policías era insuficiente “para dejarlos recorrer la explanada”.

Rocha ha dicho que el número de efectivos era responsabilidad de Torres.

El sábado, Torres se encontraba en Florida para iniciar unas vacaciones de dos semanas.

Evaristo Sa/Agence France-Presse — Getty Images

El domingo por la mañana, el ambiente en las vastas avenidas de Brasilia era de una calma inquietante.

Ana Priscila Azevedo, de 38 años, aspirante a influente de derecha en internet, había estado publicando un video tras otro en el momento previo al asalto. En uno de ellos, decía que los simpatizantes de Bolsonaro planeaban cerrar al menos ocho refinerías en todo el país para bloquear el suministro de gasolina.

El domingo por la mañana ya estaba en la explanada. A las 11:20 a. m., publicó un video en el que aseguraba a sus seguidores que el escenario estaba preparado para uno de los momentos más importantes de su vida. Acababa de hablar con dos policías, dijo, y “están completamente de nuestro lado”.

Los seguidores de Bolsonaro comenzaron a llegar masivamente a la explanada. A medida que aumentaba su número, se volvían más beligerantes y coreaban al unísono: “¡Moriremos por Brasil!”.

Hacia el mediodía, Rocha, el gobernador, recibió un mensaje de audio de un funcionario que sustituía a Torres, el jefe de seguridad. “Todo está en calma”, dijo el delegado. “Es una protesta totalmente pacífica”.

A primera hora de la tarde, los manifestantes estaban llegando al tramo final de la explanada y al comienzo del patio delantero del Congreso, el perímetro que se suponía que debía proteger la policía. Dos hileras de vallas metálicas temporales, de unos 180 metros de ancho, marcaban la barrera. En las dos calles que flanquean el patio delantero había barricadas móviles. Dispersos a lo largo de la línea del frente había solo unas decenas de agentes de policía.

Los edificios modernistas que estaban custodiando estaban vacíos en buena medida, pues el Congreso estaba cerrado y Lula visitaba São Paulo. Pero a las 2:30 p. m., una multitud se estaba reuniendo afuera.

“La gente sigue llegando”, dijo Bruno Gomides, excandidato a representante estatal, en una transmisión en vivo de Facebook. “Veamos qué sale de esto”. El ambiente era relativamente tranquilo.

Entonces, a las 2:42 p. m., un oleaje de manifestantes llegó a una de las barricadas. Un grupo de manifestantes tiró de la valla metálica, mientras otro grupo se abría paso a través de la barricada. Algunos policías rociaron un agente químico, pero la resistencia fue mínima.

En cuestión de segundos, la línea de seguridad había caído. La invasión había comenzado.

Cellphone video obtained by The Times shows the moment protesters breached a security barrier set up by the police.

Un mar de cuerpos se precipitó hacia el Congreso. Muchos manifestantes corrieron directamente hacia la amplia rampa que conducía al techo del Capitolio.

La policía de inmediato lanzó gas lacrimógeno y las explosiones y el humo transformaron el ambiente. De camino al Congreso, los manifestantes sumergieron pañoletas en el espejo de agua de la plaza y se las pusieron en el rostro para protegerse de los efectos del gas.

“Me acostumbré al ardor”, dijo Ana Carolina Isique Guardieri, una veterinaria, en su teléfono, y agregó que había ayudado a derribar la barrera. “Esto de aquí es nuestro”.

Cuando los manifestantes que se acercaban vieron a la multitud en el techo del Congreso, ellos también comenzaron a ingresar.

“¡La gente ha invadido el Congreso!”, gritó Joelson Sebastião Freitas mientras trotaba y grababa. “¡Dios bendiga a Brasil!”.

El estado de ánimo era pura euforia. Azevedo, la influyente de internet, se grabó celebrando en la rampa con un grupo de hombres. “¡Misión cumplida!”, exclamaron al unísono.

Ana Priscila Azevedo live-streamed celebrations in the crowd as it approached Brazil’s Congress.Ana Priscila Azevedo

Los manifestantes pintaron en el techo “Fuerzas armadas, SOS” y desplegaron una pancarta que proclamaba “Queremos el código fuente”, refiriéndose a una teoría de la conspiración de que las máquinas de votación electrónica fueron programadas a favor de Lula.

Una mujer con canas se arrodilló y levantó las manos al cielo. “¡Una guerrera!”, dijo Freitas mientras la grababa.

Un vendedor de palomitas se instaló junto al espejo de agua, mientras que un hombre que llevaba algodones de azúcar subía por la rampa acompañando a la multitud.

En el interior, cientos de personas dejaban destrozos. Algunos levantaron columnas metálicas y rompieron paneles de vidrio. Otros ingresaron a las cámaras legislativas y recorrieron las oficinas que saquear. Dañaron obras de arte, robaron computadoras y dejaron un rastro de fragmentos de vidrio.

“Fue una locura”, dijo Adriana Reis, de 30 años, quien estaba limpiando el Congreso cuando los invasores irrumpieron. “No creo que la policía pudiera controlarlos a todos”.

Victor Moriyama para The New York Times

Una cosa era ocupar el Congreso. Pero llevar la lucha al recinto de los enemigos principales de Bolsonaro, Lula y el Supremo Tribunal, fue otra distinta.

Mientras una turba ingresaba al Congreso, otro grupo se dirigió unos 270 metros hacia el Palacio del Planalto, mientras un tercero se dirigía otros 270 metros en la otra dirección, hacia el Supremo Tribunal. Entraron sin resistencia en ambos.

Los alborotadores destrozaron con rapidez gran parte del Supremo Tribunal, y dejaron en ruinas la sala donde los jueces deciden los casos. Los alborotadores se llevaron el escudo de armas de la república brasileña, una copia de la Constitución e incluso las túnicas utilizadas por los jueces.

Video shows the damage inside Brazil’s Supreme Court, after rioters ransacked a courtroom.

A las 3:45 p. m., la rampa que conduce a Planalto, donde Lula había recibido la banda presidencial, estaba llena de agitadores.

“¡Miren aquí!”, dijo Azevedo, quien narraba sin interrupción el ataque, mientras llegaba a la parte superior de la rampa. “¡El palacio de Lula!”.

Al interior, los asaltantes volcaron muebles, robaron armas paralizantes y dañaron objetos valiosos, entre ellos, una pintura modernista de Emiliano di Cavalcanti. Pero, explicó su portavoz, los atacantes fueron detenidos en la oficina de Lula, pues está reforzada con cristales a prueba de balas.

Protesters walking through the smoke-filled presidential office building.@Metropoles via Twitter

Afuera, algunos policías intentaron contraatacar, disparaban balas de goma y gas lacrimógeno, incluso desde dos helicópteros.

En un momento, los alborotadores rodearon a un agente de policía que iba solo a caballo. Lo golpearon con palos y astas de banderas, y luego golpearon al caballo.

Demonstrators attacked a policeman on horseback outside Brazil’s Congress.@eixopolitico via Twitter

En otros sitios, sin embargo, los oficiales se mantuvieron sin actuar y solo observaron. Un video muestra a unos 10 policías que conversan con los manifestantes, envían mensajes de texto y graban en sus celulares mientras que los alborotadores, que se esperaba que debían detener, invadían el Congreso del país.

Pedro Lustosa, un estudiante de posgrado que fue a ver las protestas, notó la indiferencia de algunos policías y comenzó a grabar. A las 3:38 p. m., a unos centenares de metros de la explanada, se encontró con un grupo de casi 20 oficiales que platicaban y les preguntó si podía entrar en el espejo de agua frente al Congreso.

“¿Todo está permitido hoy?”, preguntó. Los oficiales parecían responder de manera afirmativa y señalaron en dirección al Congreso.

El gobierno estima que hubo aproximadamente 5000 manifestantes, dijo Cappelli, funcionario del Ministerio de Justicia, mientras que el distrito informó más tarde que había asignado 1300 agentes de la policía al evento. (La policía nacional también tenía cerca de 200 oficiales allí, dijo).

Pero Cappelli cree que había “muchos menos” de 1300 agentes presentes y las imágenes de todo el día muestran que estaban muy superados en número.

“La cuestión no es solo la cantidad, si la orden es: ‘Quédate ahí’ o ‘No te involucres’”, dijo. “Es la orden”.

Las mismas fuerzas habían ayudado a proteger la toma de posesión y otras protestas, añadió. Lo que cambió fue su nuevo jefe: Torres, un aliado de Bolsonaro.

Rocha también culpó a Torres y a su equipo. “El gobernador fue engañado”, dijo Alberto Toron, abogado de Rocha.

A las 4:43 p. m., Rocha despidió a Torres, seis días después de haber asumido el cargo.

Alrededor de las 6 p. m., Lula emitió un decreto de emergencia. Cappelli fue nombrado nuevo jefe de seguridad del distrito y se dirigió a la calle, con traje y corbata, para coordinar a las fuerzas del orden.

Andre Borges/EPA vía Shutterstock

Para entonces, soldados del ejército, policías federales y otros refuerzos ya habían llegado y estaban recuperando el control de los edificios.

En el Palacio de Planalto, los soldados formaron una barrera para detener a más intrusos. “¡Intervención militar contra el pueblo brasileño!”, les gritó Freitas.

Otros soldados entraron. Muchos alborotadores se sentaron, algunos rezaron, y pidieron a las tropas que se pusieran de su lado. Azevedo estaba entre esas personas, sonriendo a su cámara y dando un saludo marcial.

Ana Priscila Azevedo inside the presidential offices.Ana Priscila Azevedo

Las autoridades detuvieron a 210 personas en el lugar, muchas de las cuales fueron conducidas, en esposas, por las rampas.

Esa noche, el Supremo Tribunal suspendió a Rocha durante 90 días. Más tarde, el tribunal aprobó una solicitud de la policía federal de órdenes de aprehensión en contra de Torres y el jefe de policía del distrito.

Torres, el exministro de Justicia de Bolsonaro, dijo que probaría su inocencia. “Siempre he guiado mis acciones con ética y legalidad”, escribió en Twitter. El sábado fue detenido al llegar a Brasilia procedente de Florida.

Durante un registro en su domicilio, las autoridades encontraron un borrador de un decreto presidencial que pretendía anular las elecciones en la práctica. Torres ha dado a entender que recibió el documento de un tercero y que pensaba tirarlo.

La mañana siguiente a los disturbios, las autoridades desalojaron un campamento semipermanente de protesta frente al cuartel general del ejército y detuvieron a 1200 personas.

Ton Molina/Agence France-Presse — Getty Images

En el campamento, algunos manifestantes se marcharon con premura con sus cosas. Varios admitieron haber asaltado los edificios federales. Uno dijo que todavía tenía una bandera que había robado. Pero en una decena de entrevistas, todos insistieron en que los partidarios de Bolsonaro no causaron los daños; eran izquierdistas ocultos.

“¿Tengo pruebas? No”, dijo Antônio Morim, un conductor de camiones. “Pero ellos lo empezaron”.

Azevedo estaba entre las personas detenidas. Había pasado años tratando de ganar celebridad entre los círculos de derecha de Brasil y ahora, bajo custodia, sus videos circulaban masivamente por internet.

Sus compatriotas también publicaban notas sobre ella, pero no de la forma que había imaginado.

“Miren quién rompió todo”, decía un texto sobrepuesto en un video de Azevedo en el que aparece gritando en una sala saqueada del Palacio de Planalto y que fue publicado por cuentas de derecha. “Priscilla destrozó e incriminó a los patriotas que estábamos protestando de manera pacífica”.

Artículo producido por Nailah Morgan y Hanaan Sarhan.

Ana Ionova, Flávia Milhorance y André Spigariol colaboraron en este reportaje. Leonardo Coelho, Yan Boechat, Haley Willis y Robin Stein colaboraron en la investigación.

Jack Nicas es el jefe de la corresponsalía en Brasil, que abarca Brasil, Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Antes reportó de tecnología desde San Francisco y, antes de integrarse al Times en 2018, trabajó siete años en The Wall Street Journal. @jacknicas • Facebook

Simon Romero es corresponsal nacional en el suroeste del país. Ha sido jefe de la oficina del Times en Brasil, jefe del buró de los Andes y corresponsal internacional de energía. @viaSimonRomero


Source: Elections - nytimes.com


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