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    EE. UU. apoyó a Jovenel Moïse incluso al deteriorarse la democracia

    Washington desestimó las advertencias de que la democracia se desmoronaba durante el mandato de Jovenel Moïse, lo que ha dejado un vacío de liderazgo después de su asesinato.Mientras los manifestantes lanzaban piedras afuera del palacio nacional de Haití y encendían hogueras en las calles para exigir la renuncia del presidente Jovenel Moïse, el presidente de Estados Unidos Donald Trump lo invitó a Mar-a-Lago en 2019, para luego posar sonriente junto a él en una de las entradas decoradas del club.Después de que miembros del Congreso advirtieron que los “abusos contrarios a la democracia” de Moïse les recordaban el periodo previo a la dictadura que aterrorizó a Haití en décadas pasadas, el gobierno de Biden respaldó en público el reclamo del poder de Moïse.Y, cuando los funcionarios estadounidenses instaron al gobierno de Biden a cambiar de rumbo, alarmados por el hecho de que las instituciones democráticas de Haití estaban desapareciendo, según dicen, sus súplicas no fueron escuchadas y en ocasiones no obtuvieron respuesta alguna.Durante el mandato de Moïse, Estados Unidos apoyó su gobierno, cada vez más autócrata, por considerarlo la manera más sencilla de mantener la estabilidad en un país con problemas que apenas figuraba en las prioridades de los sucesivos gobiernos de Washington, según funcionarios actuales y de gobiernos anteriores.Incluso cuando Haití entró en una espiral de violencia y agitación política, dicen, pocos en el gobierno de Trump tomaron en serio las repetidas advertencias de Moïse de que había complots para acabar con su vida. Y mientras se intensificaban las advertencias sobre su autoritarismo, el gobierno de Biden mantuvo su apoyo público al reclamo de poder de Moïse, incluso después de que el Parlamento de Haití quedó vacío por falta de elecciones y Moïse gobernó por decreto.El presidente Donald Trump recibió a  Moïse y otros líderes caribeños en Mar-a-Lago en marzo de 2019.Tom Brenner para The New York TimesEl asesinato de Moïse este mes dejó un enorme vacío de liderazgo que desencadenó una lucha por el poder entre los pocos funcionarios electos que quedaban. Estados Unidos, que ha tenido una enorme influencia en Haití desde que invadió el país hace más de cien años, de repente, se vio instado a enviar a su ejército y a ayudar a arreglar el desorden.Sin embargo, en entrevistas con más de una decena de funcionarios actuales y anteriores un comentario se repitió con frecuencia: Washington tiene parte de la culpa, después de haber ignorado o prestado poca atención a las claras advertencias de que Haití se tambaleaba hacia el caos y de que tal vez haya empeorado las cosas al apoyar de manera abierta a Moïse.“Era predecible que ocurriera algo”, aseveró el senador de Vermont Patrick Leahy. “El mensaje que enviamos al apoyar a estas personas es que creemos que son representantes legítimos del pueblo haitiano. No lo son”.Los críticos afirman que la estrategia que Estados Unidos aplicó con Moïse se basó en un manual que este país ha usado en todo el mundo desde hace décadas, a menudo con serias consecuencias para la democracia y los derechos humanos: aliarse o tolerar por reflejo a líderes acusados de gobernar de manera dictatorial porque promueven los intereses estadounidenses o porque los funcionarios temen la inestabilidad en su ausencia.El control de Moïse sobre el poder se fortaleció de manera importante durante el mandato de Trump, quien profesó su admiración por varios autócratas extranjeros. Trump también se empeñó en mantener a los migrantes haitianos fuera de Estados Unidos (funcionarios estadounidenses recordaron haberlo escuchado decir que “todos tienen SIDA”). Según fuentes oficiales, si los funcionarios de Trump se centraron en la política haitiana, fue principalmente para reclutar al país en la campaña de Trump para derrocar a su némesis en la región: el líder de Venezuela, Nicolás Maduro.El presidente Nicolás Maduro de Venezuela en Caracas en 2018Palacio de Miraflores, vía ReutersLos funcionarios agregan que el gobierno de Biden llegó a la Casa Blanca en enero consumido por la pandemia y una oleada de migrantes en la frontera con México, lo que dejó poco espacio de maniobra para el tumulto que convulsiona a Haití. El nuevo gobierno dio continuidad a la política del gobierno de Trump, según la cual Moïse era el líder legítimo, postura que enfureció a algunos miembros del Congreso y que un alto funcionario de Biden ahora califica de error.“Moïse está siguiendo un curso de acción cada vez más autoritario”, dijo el representante Gregory Meeks, quien preside la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, en una declaración conjunta con otros dos demócratas a finales de diciembre en la que advirtió de una repetición de los “abusos antidemocráticos que el pueblo haitiano ha soportado” en el pasado.“No vamos a quedarnos de brazos cruzados mientras Haití se sumerge en el caos”, dijeron.En una carta enviada en febrero al Secretario de Estado Antony J. Blinken, ellos y otros legisladores pidieron a Estados Unidos que “rechazara sin ambigüedades” el intento de Moïse, que ya había gobernado por decreto durante un año, de mantenerse en el poder. Instaron al gobierno de Biden a impulsar “un gobierno de transición legítimo” para ayudar a los haitianos a determinar su propio futuro y salir de “un torrente de crisis económica, de salud pública y política”.No obstante, el principal asesor de Biden para América Latina, Juan González, declaró que en ese momento el gobierno no quería dar la impresión de que quería imponer cómo debía resolverse la crisis.El congresista Gregory Meeks durante una audiencia del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes después de la comparecencia del secretario de Estado Antony Blinken en marzo.Foto de consorcio por Ken Cedeno“Hacer que la balanza se inclinara de esa manera podría llevar a un país que ya estaba en una situación muy inestable a la crisis”, afirmó González.Las anteriores intervenciones políticas y militares de Estados Unidos en Haití hicieron poco por resolver los problemas del país y en ocasiones los generaron o agravaron. “La solución a los problemas de Haití no está en Washington, sino en Puerto Príncipe”, la capital de Haití, dijo González, por lo que el gobierno de Biden pidió que se celebraran elecciones antes de que Moïse dejara el cargo.“El cálculo que hicimos fue que la mejor decisión era centrarse en las elecciones para tratar de utilizarlas como una forma de impulsar una mayor libertad”, añadió.A decir de los críticos, la realidad es que el gobierno de Biden ya había inclinado la balanza al apoyar de manera pública el argumento de Moïse de que le quedaba un año más en el cargo, lo que le permitiría presidir la redacción de una nueva Constitución que podría aumentar de manera significativa las facultades del presidente.Moïse no es el primer gobernante acusado de ser un autócrata que cuenta con el apoyo de Washington; ni siquiera es el primero en Haití. Dos generaciones de brutales dictadores haitianos de la familia Duvalier forman parte de una larga lista de autócratas de todo el Caribe, América Latina, el Medio Oriente y otros lugares que recibieron el apoyo decidido de Estados Unidos, en particular como aliados contra el comunismo.“Puede que sea un desgraciado, pero ese desgraciado está con nosotros”, se dice que declaró el presidente Franklin Delano Roosevelt sobre uno de ellos (aunque las versiones varían sobre si el presidente se refería a los dictadores apoyados por Estados Unidos en Nicaragua o en la República Dominicana).Los partidarios de los exdictadores sostienen fotos de Francois “Papa Doc” Duvalier y Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier durante una audiencia judicial en Puerto Príncipe en 2013.Dieu Nalio Chery/Associated PressEl debate sobre cómo presionar a los aliados autócratas para que realicen reformas democráticas ha continuado durante gobiernos demócratas y republicanos. Después de que la amenaza del expansionismo comunista se desvaneció, los gobiernos estadounidenses se preocuparon más por la inestabilidad que creaba crisis para Estados Unidos, como la oleada de migrantes que llegaban a sus costas o el aumento del extremismo violento.Elliott Abrams, funcionario de relaciones exteriores en varios gobiernos republicanos y representante especial en Venezuela durante el gobierno de Trump, argumentó que Washington debe apoyar la democracia cuando sea posible, pero a veces tiene pocas alternativas cuando se trata de autócratas.“En Haití, nadie ha desarrollado una buena fórmula para construir una democracia estable y Estados Unidos lo ha intentado desde que los marines desembarcaron allí hace cien años”, aseveró.Al principio del mandato de Trump, Omarosa Manigault Newman, ex coprotagonista de “El Aprendiz” y luego asesora del presidente, comenzó a presionar a Trump y a sus asesores para que se comprometieran con Haití y apoyaran a Moïse.Funcionarios del gobierno se mostraron cautelosos. Haití apoyó a Venezuela en dos reuniones de la Organización de Estados Americanos en 2017, lo cual convirtió a Moïse en lo que un funcionario calificó de enemigo de Estados Unidos y echó por tierra sus esfuerzos para organizar una visita de Estado a Estados Unidos.“Creía que una visita de Estado entre Trump y Moïse habría sido una muestra contundente del apoyo de Estados Unidos a Haití en un momento de agitación civil”, dijo Newman, quien agregó en otra declaración: “Jovenel era un buen amigo y estaba comprometido a ser un agente del cambio para su amado Haití”.Moïse poco después de tomar posesión como presidente en febrero de 2017.Dieu Nalio Chery/Associated PressEl episodio subrayó hasta qué punto algunos altos funcionarios de Trump consideraban a Haití como una pieza más de su estrategia hacia Venezuela. Y a los ojos de algunos legisladores, Trump no iba a sentir empatía por los problemas de Haití.“Todos somos conscientes de su percepción de la nación, cuando hizo referencia a los países de mierda”, comentó la representante republicana de Nueva York Yvette Clarke, quien copreside el caucus de Haití de la Cámara de Representantes.Para 2019, las protestas en todo Haití se volvieron violentas cuando los manifestantes que exigían la destitución de Moïse se enfrentaron a la policía, quemaron automóviles y marcharon hacia el palacio nacional. La actividad de las pandillas se volvió cada vez más descarada y los secuestros se dispararon a un promedio de cuatro a la semana.Trump y sus asesores mostraron escasos signos públicos de preocupación. A principios de 2019, Trump recibió a Moïse en su club Mar-a-Lago en Palm Beach, Florida, como parte de una reunión con los líderes del Caribe que se habían alineado contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.Al año siguiente, las prácticas antidemocráticas de Moïse se agravaron lo suficiente como para llamar la atención del Secretario de Estado Mike Pompeo, quien advirtió en una declaración que Moïse no debía retrasar las elecciones parlamentarias.Un oficial de policía haitiano dirige su arma hacia los manifestantes que pedían la renuncia del presidente Moïse en Puerto Príncipe en 2019.Rebecca Blackwell/Associated PressSin embargo, salvo algunas declaraciones, el gobierno de Trump hizo poco para impulsar la cuestión, dijeron los funcionarios.“Nadie hizo nada para abordar las debilidades subyacentes, institucionales y democráticas” en los últimos años, afirmó Peter Mulrean, quien se desempeñó como embajador estadounidense en Haití entre 2015 y 2017. “Y, por lo tanto, no deberíamos sorprendernos realmente de que la situación se haya desbordado de nuevo”.Después de que Biden resultó electo, los legisladores y funcionarios en Washington retomaron el tema con nueva urgencia. Moïse, quien llegó al cargo tras una votación empañada por la escasa participación y las acusaciones de fraude, llevaba un año gobernando por decreto debido a que el mandato de casi todos los miembros del Parlamento había expirado y nunca se celebraron elecciones para sustituirlos.Moïse ganó un mandato de cinco años en 2016, pero no tomó posesión sino hasta 2017 en medio de acusaciones de fraude, por lo que argumentó que debía permanecer en el cargo hasta 2022. Los defensores de la democracia en Haití y en el extranjero manifestaron su descontento, pero el 5 de febrero, el gobierno de Biden se pronunció y apoyó el reclamo de Moïse de permanecer un año más en el poder. Y no fue el único: organismos internacionales como la Organización de Estados Americanos adoptaron la misma postura.Puerto Príncipe al atardecer esta semanaFederico Rios para The New York TimesPosteriormente, Blinken criticó que Moïse gobernara por decreto y convocó a que hubiera “elecciones de verdad libres y justas este año”. No obstante, el gobierno de Biden nunca se retractó de su postura pública de apoyar el reclamo de Moïse de permanecer en el cargo, una decisión que según el representante Andy Levin, quien copreside el Caucus de Haití de la Cámara de Representantes, ayudó a que el presidente haitiano mantuviera su control sobre el país y a que continuara su declive antidemocrático.“Es una tragedia que haya podido permanecer allí”, dijo Levin.El gobierno de Biden ha rechazado los llamados de las autoridades haitianas para que envíe al ejército a ayudar a estabilizar el país y así evitar más disturbios. Hace poco, un grupo de funcionarios estadounidenses visitó el país para reunirse con las distintas facciones que se disputan el poder e instarlas a “unirse en un amplio diálogo político”, comentó González.Los estadounidenses habían planeado visitar el puerto para evaluar sus necesidades de seguridad, pero decidieron no hacerlo tras enterarse de que las pandillas se habían apoderado de la zona y bloqueaban la entrega de combustible.“¿Cómo podemos celebrar elecciones en Haití cuando los miembros de las pandillas controlan el 60 por ciento del territorio?”, preguntó Pierre Esperance, director ejecutivo de la Red Nacional de Defensa de los Derechos Humanos de Haití. “Serán las pandillas las que organicen las elecciones”.David Kirkpatrick colaboró con este reportaje. More

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    Venezuela: el largo retorno a la negociación

    Con la designación de nuevas autoridades electorales, Venezuela inicia, otra vez, la posibilidad de una negociación para salir de la crisis.Los planes opositores —desde la imposición de un gobierno interino hasta una supuesta implosión dentro del sector militar, pasando por la fantasía de una invasión desde Estados Unidos comandada por Donald Trump— fracasaron rotundamente. Y las maniobras del chavismo por conseguir alguna mínima legitimidad internacional y por lograr eliminar las sanciones internacionales al régimen no han tenido ningún éxito. Ambos bandos, nuevamente, están obligados a regresar a lo que detestan: reconocerse y tratar de llegar a un acuerdo.Las dudas, entonces, vuelven a dar vueltas en el aire: ¿Es posible, acaso, confiar en el chavismo, que ha desarrollado un modelo autoritario y ha demostrado que solo usa la negociación para ganar tiempo y buscar legitimidad? ¿Es posible confiar en una oposición dividida, con planes muy diversos, que ya ha demostrado que no es capaz de negociar ni siquiera consigo misma? En ambos casos, la respuesta es no.Quizás ninguno de los dos lados entiende algo indispensable: sobre la mesa de negociación no están las intenciones. La confianza no se debe poner en lo que piensa o en lo que desea cada bando sino en los acuerdos concretos que se establezcan para mejorar, aunque sea poco, las condiciones de los venezolanos; y en los procedimientos y en las garantías que haya para que estos acuerdos se cumplan. No es lo ideal. Es lo posible.Una de las consecuencias más peligrosas y nefastas de la polarización política es el purismo moral: el proceso que sacraliza la propia opción política convirtiendo cualquier postura diferente en una suerte de pecado ético, de enfermedad social. Tanto el chavismo como la oposición hablan desde el “lado correcto de la historia”, se proclaman y declaran como estandartes de verdades inamovibles, como destinos religiosos. Desde estas perspectivas, obviamente, cualquier tipo de acuerdo con un adversario solo es una forma de traición.Pensar que la única negociación posible implica la salida de Nicolás Maduro de la presidencia y la renuncia del chavismo a todas sus cuotas de poder es tan ingenuo e irreal como, del otro lado, proponer como condiciones para la negociación el levantamiento inmediato de las sanciones sobre Venezuela y el reconocimiento internacional de los poderes ilegalmente constituidos. Hay que comenzar por cambiar el punto de partida. “Todavía ninguna de las partes quiere terminar de aceptar que la negociación no es una opción sino que es la única opción verdadera”, ha dicho el experto en políticas públicas Michael Penfold.La tragedia del país en tan enorme como compleja: abarca una crisis política que mantiene dos gobiernos paralelos, dos asambleas y un proyecto en marcha de un parlamento comunal; una debacle económica casi absoluta, con cifras récord de inflación y un aparato productivo destruido. La situación social es alarmante, a nivel de emergencia humanitaria, agravada además por las sanciones y la pandemia. Y a esto habría que sumarle los problemas con el crimen organizado, con el narcotráfico, con la guerrilla colombiana, con la minería ilegal en el Amazonas venezolano…El empleo sistemático de la represión y de la censura estatal, la persecución institucional de cualquier disidencia, el ataque a medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales, han permitido al chavismo consolidar una dictadura eficaz, que garantice su permanencia en el poder. Pero sigue siendo gobierno pésimo, corrupto y negligente, incapaz de resolver los problemas del país. El chavismo puede administrar el caos pero no puede conjurarlo ni solucionarlo.Este país inviable forma parte del dilema interno del chavismo y también de cualquier posible negociación. La situación de la gran mayoría de la población, sometida por la pobreza y con el riesgo de la pandemia, es cada vez más crítica. Durante un tiempo, tanto el chavismo como la oposición usaron esta realidad como elemento de presión. Por fin, ahora el primer punto del acuerdo parece estar centrado en la atención a la urgente necesidad de atención médica y alimenticia de los venezolanos. Un programa de vacunación masiva solo debe ser el inicio de un plan conjunto, que reúna a todos los sectores de la sociedad alrededor de esa prioridad.Nada garantiza que estos esfuerzos, sin embargo, signifiquen el inicio del camino hacia la reinstitucionalización o hacia la vuelta a la democracia en el país. Venezuela no parece estar cerca de una transición. Pero ciertamente hay un cambio importante en el escenario político. Aunque el chavismo se encuentre más consolidado internamente en su modelo autoritario, sigue sin poder resolver su problema con la comunidad internacional. Eso lo obliga a negociar.La oposición está en una posición menos ventajosa. Necesita negociar para, entre otras cosas, reinventarse. Y tal vez debería empezar por dar la cara ante la ciudadanía, por ofrecer una disculpa y un argumento que haga más digerible el salto que va del “cese de la usurpación” a la “mesa de negociación”. El largo retorno al verbo negociar supone un cambio profundo en el ánimo colectivo y demanda una explicación.La designación de las nuevas autoridades del Consejo Nacional Electoral, aun teniendo una mayoría chavista, abre la posibilidad de garantizar unas elecciones más equilibradas y transparentes, confiables, con observación internacional; permite retomar el camino de la política y del voto. También vuelve a abrir un viejo dilema: La negociación con el chavismo y la participación de la oposición en un proceso electoral ¿legitiman la dictadura? Sí, probablemente. Pero también permiten conquistar otros espacios, crear y establecer otras relaciones, interactuar de otra manera con la sociedad civil organizada, generar una comunicación distinta y directa con la población. No solo es un tema de estrategia sino de redefinición del proceso, de la acción política. Como dice la politóloga Maryhen Jiménez: “Si la democracia es el destino, la democracia también tiene que ser la ruta hacia ella”.Una mesa de negociación no es una fiesta. Es una reunión forzada, donde además intervienen muchos otros actores, donde existen distintos niveles de interacción y debate. ¿Hasta dónde está dispuesto a ceder y a perder el chavismo? Es muy difícil saberlo. De entrada, de seguro solo intenta eliminar las sanciones sin arriesgar su control autoritario en el país. La oposición y la ciudadanía pueden enfrentar esto negociando y presionando.No hay otra manera de hacer política que la impureza. La única forma de intervenir en la historia es contaminándose con ella. No existe otra alternativa.Alberto Barrera Tyszka (@Barreratyszka) es escritor venezolano. Su libro más reciente es la novela Mujeres que matan. More

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    La lección de Zapatero o cómo no negociar con Maduro

    MADRID — La determinación diplomática de José Luis Rodríguez Zapatero en Venezuela es inversamente proporcional a sus logros. Tras 40 viajes y seis años de misión, el expresidente español no está más cerca de frenar la deriva autoritaria del régimen o de aliviar la situación de los venezolanos. Tampoco le queda ya crédito mediador. Llegó el momento de agradecerle los servicios prestados y pedirle que dé un paso a un lado.No hay motivo para dudar de la sinceridad de Zapatero en su propósito de recuperar la convivencia democrática en Venezuela. Pero tampoco los hay para creer que haya regresado de sus viajes con nada salvo una valiosa lección sobre cómo no negociar con el autoritarismo. Su estrategia de apaciguamiento y diplomacia cándida ha ofrecido a Nicolas Maduro legitimidad sin apenas contraprestaciones, una combinación conveniente para un líder decidido a perpetuarse en el poder.Más allá de las simpatías y rechazos que genera, Zapatero es un político tolerante que impulsó importantes derechos sociales en España y ha mantenido una respetuosa distancia con la política doméstica tras su paso por el poder. Pero su legado internacional como estadista —el nacional quedó dañado por su gestión de los primeros años de la Gran Recesión— ha sido malogrado por la falta de neutralidad en la búsqueda de soluciones. No supo ver la fina línea que separa, al tratar con un autócrata, la utilidad de ser utilizado.El último viaje del expresidente español a Venezuela, a principios de mes, tenía el propósito de fomentar el deshielo entre Maduro y el gobierno estadounidense de Joe Biden, en un intento de reducir las sanciones internacionales. El líder chavista, enfundado en el disfraz de líder conciliador, se muestra dispuesto, de un tiempo a esta parte, a dialogar con quienes declaró sus enemigos, fuera y dentro del país. Entre sus guiños se incluye la designación de un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) con presencia no mayoritaria de la oposición y la medida de casa por cárcel otorgada a seis exejecutivos de Citgo —cinco de ellos ciudadanos estadounidenses—, filial de PDVSA en Estados Unidos. Todo sería más creíble si cesara el asalto a las instituciones, la perversión de las reglas democráticas y la persecución de los críticos, confirmada la semana pasada con el embargo de la sede del diario El Nacional.Frente a quienes desconfían de Maduro está la posición de Zapatero, favorable a concederle el beneficio de la duda las veces que haga falta. El político español ha legitimado en el pasado las elecciones ganadas con ventajismo autoritario por el chavismo e interpreta el conflicto desde una falsa equidistancia entre el régimen y quienes lo padecen. Entre sus logros quedan las liberaciones puntuales de presos políticos, que no detuvieron la represión ni fueron seguidas de una apertura sincera.Zapatero dinamitó en estos seis años su credibilidad ante los actores clave del conflicto venezolano, incluidos Estados Unidos, la Unión Europea y su propio país, España, cuyo gobierno se ha distanciado en varias ocasiones de lo que considera iniciativas personales. La desconfianza es aún mayor en la oposición venezolana, donde el expresidente español hace tiempo que es visto como un obstáculo para la democracia en Venezuela. “Zapatero intenta blanquear la dictadura”, decía en una entrevista reciente Juan Guaidó.El líder opositor exagera al darle esa intencionalidad a las acciones de Zapatero. Y, sin embargo, el político socialista comparte responsabilidad en que sea percibido más como el ministro de Exteriores de Maduro que como un mediador neutral. Pudo aprovechar su acceso al régimen para hacer entender a sus dirigentes que debían ganarse con hechos la creación de un escenario de diálogo internacional. No lo logró y Guaidó ha delegado ahora en mediadores noruegos, más creíbles e independientes, la interlocución con Maduro.Cualquier concesión al régimen debe condicionarse al establecimiento de una ruta democrática y verificable, cuyo primer paso sería la convocatoria de elecciones libres. El nuevo CNE, que organizará los comicios regionales y locales del 21 de noviembre, sigue teniendo una mayoría de miembros chavistas: creer en su independencia exige un incondicional acto de fe. Lo cierto es que, con las principales instituciones del país bajo control gubernamental, incluido el Tribunal Supremo de Justicia, Maduro no está en condiciones de ofrecer garantías democráticas. La única alternativa viable es poner el sistema electoral venezolano, de forma temporal, en manos de un organismo internacional independiente.Varias entidades de las Naciones Unidas ofrecen esa posibilidad a los Estados donde los adversarios políticos son incapaces de reconocer un resultado. En 1999, asistí en Timor Oriental a una de esas votaciones, que tienen la ventaja de ofrecer resultados vinculantes e indisputables. Ante la incapacidad de Indonesia de organizar un referéndum por la independencia con las mínimas garantías, funcionarios de la ONU se hicieron cargo de todos los pasos, desde la impresión de las papeletas al recuento.Maduro podría ofrecer una oportunidad a la ONU para hacer creíble su promesa de respetar la voluntad popular. Es pronto para saber si la nueva actitud conciliadora del líder chavista es una trampa o un intento sincero de cambio. Lo seguro es que la segunda opción pasa irremediablemente por una acción diplomática coordinada, coherente y decidida de la comunidad internacional, con Estados Unidos y la Unión Europea al frente. En ese nuevo escenario, y una vez aprendidas las lecciones de los últimos años, Zapatero debería aceptar que su etapa venezolana se agotó. La mejor ayuda que podría prestar es hacerse a un lado.David Jiménez (@DavidJimenezTW) es escritor y periodista de España. Su libro más reciente es El director. More

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    Venezuela to Vote in an Election the Opposition Calls a Charade

    AdvertisementContinue reading the main storySupported byContinue reading the main storyVenezuela to Vote in an Election the Opposition Calls a CharadeA victory by the party of President Nicolás Maduro is likely to further weaken Juan Guaidó, the opposition leader who launched a bold but ultimately failed bid backed by the U.S. to take power.A campaign billboard looms over downtown Caracas, promoting the Partido Socialista Unido, the political party of the Venezuelan president, Nicolás Maduro.Credit…Adriana Loureiro Fernandez for The New York TimesBy More