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    México va a las urnas en la primera revocación de mandato

    La votación tiene el potencial de cambiar el sistema político del país. Pero hay quienes temen que no sea más que un instrumento de propaganda.CIUDAD DE MÉXICO — Al pasear por la capital de México en estos días, sería fácil asumir que el presidente del país está en riesgo inminente de perder su trabajo.Las calles de la ciudad están llenas de carteles, volantes y vallas publicitarias que instan a los mexicanos a votar para saber si deben sacar del poder al presidente Andrés Manuel López Obrador en una elección revocatoria este domingo.Solo que no es la oposición la que le dice a la gente que vaya a las urnas. Son los leales al presidente.“Apoya al presidente López Obrador,” dice un volante. “Si NO participas, los corrupto$ nos quitarán las becas, los apoyos y las pensiones que hoy recibimos”.Durante la mayor parte de un siglo, los presidentes mexicanos han cumplido sus mandatos de seis años sin falta, hayan sido o no elegidos limpiamente, o hayan llegado a ser despreciados por gran parte de la población. La elección revocatoria, propuesta por López Obrador y la primera de este tipo en México, tiene el potencial de cambiar el sistema político del país, al dar a los ciudadanos una herramienta nueva y poderosa para hacer que sus líderes rindan cuentas.El domingo se pedirá a los votantes que digan si quieren que a López Obrador “se le revoque el mandato por pérdida de la confianza” o “siga en la presidencia de la república hasta que termine su periodo”. Para que sea vinculante, debe participar el 40 por ciento del electorado.Lo llamativo es que el promotor más entusiasta de la votación —y la persona más interesada en poner a prueba la consolidada popularidad del mandatario— ha sido el propio presidente. Los líderes de la oposición han pedido a sus seguidores que boicoteen el ejercicio, y los analistas creen que la participación podría ser demasiado baja para que los resultados cuenten.Un simpatizante del presidente en Ciudad de México da información sobre dónde y cuándo votar en el referendo revocatorio.Alejandro Cegarra for The New York TimesAsí que, aunque López Obrador ha calificado la revocatoria de mandato como “un ensayo democrático del primer orden”, muchos temen que se convierta en algo mucho menos significativo: una herramienta publicitaria destinada principalmente a reforzar la afirmación de poder del presidente.“Se supone que es un mecanismo de control cívico del poder, pero se ha convertido en un instrumento de propaganda política”, dijo Carlos Bravo Regidor, analista político y crítico del gobierno. El partido en el poder, dijo Bravo Regidor, “quiere que esto sea una demostración de fuerza, de músculo y capacidad para sacar a la gente a las calles y hacer explícito su apoyo a López Obrador”.En un cálido lunes en Ciudad de México, los voluntarios de la campaña del presidente se desplegaron por un barrio residencial armados con volantes y amplias sonrisas, anunciando alegremente los centros de votación cercanos y diciendo a cualquiera dispuesto a escuchar que fuera a votar en la revocación de mandato.Allan Pozos, uno de los líderes del grupo, dijo que esperaba que el ejercicio sentara “un precedente” para que los futuros líderes pudieran ser expulsados si fuera necesario. Esta vez, sin embargo, solo quiere que el presidente sepa que se le quiere.“Es para demostrar que Andrés Manuel tiene el fuerte apoyo del pueblo”, dijo Pozos. “Andrés muchas veces se siente solo, porque tiene que ir contra todo un sistema y no tiene apoyo”.Allan Pozos, uno de los líderes de los voluntarios que hacen campaña por el presidente en Ciudad de México.Alejandro Cegarra para The New York TimesTal muestra de apoyo no podría llegar en un mejor momento para el presidente, que ha completado la mitad de su mandato mientras enfrenta dificultades para cumplir con las promesas clave de la campaña que lo llevó al cargo en una victoria arrolladora en 2018. Prometió una “transformación” del país que iba a reducir la pobreza, poner en marcha la economía y atajar la violencia endémica de raíz.Pero después de una pandemia y una recesión mundial, las tasas de pobreza siguen siendo persistentemente altas, el crecimiento económico es anémico y los homicidios siguen rondando niveles récord.Sin embargo, López Obrador sigue siendo muy popular, ya que más de la mitad de los mexicanos aprueban su gestión, según las encuestas. Su gobierno ha tratado de mejorar la situación de los pobres, al aumentar el salario mínimo cuatro veces e incrementar el gasto en bienestar social.López Obrador también ha ganado puntos con gestos simbólicos, como convertir la residencia presidencial en un museo abierto al público, y volar en avión comercial, incluso al visitar Estados Unidos.Un cartel de apoyo a López Obrador en un autobús.Alejandro Cegarra para The New York TimesSu alta estima entre los votantes es también un tributo, según coinciden partidarios y críticos, a su implacable difusión de una narrativa oficial en la que se presenta como un guerrero solitario del pueblo, que se enfrenta a los grupos corruptos del poder tradicional.“Los resultados han estado por debajo de las expectativas del propio gobierno”, dijo Jorge Zepeda Patterson, un destacado columnista mexicano que ha apoyado al presidente, refiriéndose a los logros de López Obrador durante su mandato.“La polarización es muy rentable políticamente, sobre todo si no tienes resultados”, dijo Zepeda Patterson, y agregó: “Al menos puedes construir la narrativa de que estás luchando”.El principal riesgo de la revocatoria para el presidente es la posibilidad de que grandes sectores del país simplemente ignoren el ejercicio por completo, especialmente porque tiene lugar el Domingo de Ramos. Por ley, para que el voto se convierta en vinculante, al menos 37 millones de mexicanos necesitan participar, significativamente más que el número de personas que votaron por López Obrador en las elecciones de 2018 y que lo llevaron a la presidencia en una victoria contundente.Una manifestación en apoyo a López Obrador, en la capital mexicana el miércolesAlejandro Cegarra para The New York TimesPero López Obrador ya ha identificado un chivo expiatorio en caso de baja participación: el organismo de control electoral del país.Durante meses, el presidente ha atacado al Instituto Nacional Electoral porque considera que ha fracasado al no dedicar suficientes recursos a la publicidad y la gestión del proceso.“Desde el principio debieron promover la consulta, no actuar de manera tramposa, guardando silencio, no difundiendo la consulta para que la gente no se enterara, instalando casillas en lo más apartado”, dijo el presidente en una reciente conferencia de prensa, refiriéndose al instituto electoral. “Pura trampa y luego abiertamente en contra de nosotros, en contra mía”.El instituto pidió al gobierno federal más dinero para supervisar la contienda, con pocos resultados. Con solo aproximadamente la mitad del presupuesto que dijo necesitar, el organismo electoral instaló aproximadamente un tercio de las mesas que colocaría en una elección normal.Partidarios de López Obrador en la manifestación el miércolesAlejandro Cegarra para The New York TimesLorenzo Córdova, el presidente del instituto electoral, conocido por su acrónimo INE, dice que le están tendiendo una trampa para que fracase.“No es solo el presidente”, señaló Córdova, “hay una campaña sistemática y bien organizada para descalificar al INE”. El objetivo, dijo, es “lesionar al árbitro y eventualmente propiciar su captura política”.La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha dicho que los partidos políticos no pueden hacer publicidad de la revocatoria, y, sin embargo, el rostro de López Obrador ha aparecido en carteles en todo el país.Córdova dice que el instituto electoral no ha determinado quién paga por todos los anuncios, pero dijo que hay al menos el doble de ellos en los estados donde el partido del presidente competirá en las elecciones para gobernador en junio.“Hay que sospechar que hay una intencionalidad política”, detrás de la campaña de mercadotecnia, dijo Córdova.La Suprema Corte de Justicia de la Nación dijo que los partidos políticos no pueden anunciar la revocación y, sin embargo, el rostro de López Obrador ha aparecido en carteles en todo el país.Alejandro Cegarra para The New York TimesHay, por supuesto, beneficios estratégicos que podrían provenir de pedir al país que opine sobre si les gusta o no el presidente en este momento particular. López Obrador fundó su partido político y tiene un interés obvio en hacer todo lo posible para asegurar la victoria en las elecciones generales para reemplazarlo en 2024.Los patrones de votación en la revocatoria de mandato le indicarán al presidente dónde están los puntos débiles de su lado, y cuál de los posibles candidatos a la presidencia es capaz de lograr que la gente acuda a las urnas.“Es una especie de experimento, un ensayo”, dijo Blanca Heredia, profesora del CIDE, un centro de investigación de Ciudad de México. “De cara al 24, para ir midiendo qué capacidad tienen sus operadores para movilizar el voto”.Pase lo que pase el domingo, para muchos en México es difícil ver cómo la primera revocatoria presidencial de la historia del país perjudicará seriamente a este presidente.“Andrés Manuel tiene esa cosa de que hasta cuando pierde, gana”, dijo Heredia. “Siempre tiene una manera de volver la derrota un triunfo”.Oscar Lopez More

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    Is Mexico’s Recall Election “Democracy of the Highest Order”?

    The vote has the potential to upend the country’s political system. But many fear it will amount to nothing more than a tool for propaganda.MEXICO CITY — Strolling through Mexico’s capital these days, it would be easy to assume the country’s president is at imminent risk of losing his job.City streets are littered with signs, fliers and billboards urging Mexicans to vote on whether to remove President Andrés Manuel López Obrador from office in a recall election this Sunday.Only it isn’t the opposition telling people to rush to the polls. It’s the president’s loyalists.“Support President López Obrador,” reads one flier. “If you don’t participate, the corrupt ones will take away the scholarships, assistance, and pensions that we receive today.”For the better part of a century, Mexican presidents have served out six-year terms without fail, whether or not they were fairly elected — or came to be despised by much of the population. The recall election, proposed by Mr. López Obrador and the first of its kind in Mexico, has the potential to upend the country’s political system, by giving citizens a powerful new avenue to hold their leaders accountable.On Sunday, voters will be asked to decide whether Mr. López Obrador “should have his mandate revoked due to loss of confidence,” or “continue in the presidency of the Republic until his term ends.” To become binding, 40 percent of the electorate must participate.The one wrinkle is that the vote’s most enthusiastic promoter — and the person most keen on putting the president’s well-established popularity to the test — has been the president himself. Opposition leaders have told their followers to boycott the exercise, and analysts believe turnout could be too low for the results to even count.A supporter of the president in Mexico City, giving out information on where and when to vote in the referendum.Alejandro Cegarra for The New York TimesSo, while Mr. López Obrador has called the recall “an exercise in democracy of the highest order,” many fear it could amount to something far less significant: a marketing tool aimed mainly at bolstering the president’s claim to power.“This is supposed to be a mechanism for civic control of power, but it has become instead an instrument of political propaganda,” said Carlos Bravo Regidor, a political analyst and critic of the administration. The governing party, Mr. Bravo Regidor said, “wants this to be a show of force, of muscle, and capacity to bring people into the streets and make explicit their support for López Obrador.”On a balmy Monday in Mexico City, volunteers in the president’s camp fanned out across a residential neighborhood armed with fliers and wide grins, cheerfully advertising nearby polling stations and telling anyone who would listen to go vote in the recall.Allan Pozos, one of the group’s leaders, said he hoped the exercise would “set a precedent” so future leaders could be kicked out if needed. This time, though, he just wants the president to know he’s loved.“It’s to show Andrés Manuel that he has the strong backing of the people,” said Mr. Pozos. “Andrés often feels alone, because he has to go against an entire system and doesn’t have support.”Allan Pozo, a leader of volunteers campaigning for the president in Mexico City.Alejandro Cegarra for The New York TimesSuch a show of support could not come at a better time for the president, who has passed the midpoint of his term while struggling to deliver on key campaign promises that swept him into office in a landslide victory in 2018. He vowed a “transformation” of the country that would drive down poverty, jump start the economy and tackle endemic violence at its roots.But after a pandemic and a global recession, poverty rates remain stubbornly high, economic growth is anemic and homicides are still hovering near record levels.But Mr. López Obrador has remained very popular, with more than half of Mexicans approving of his performance, polls show. His government has sought to improve the lot of the poor, raising the minimum wage four times and boosting welfare spending.Mr. López Obrador has also won points with symbolic gestures, like turning the presidential mansion into a museum open to the public, and flying commercial, even when visiting the United States.A sign supporting Mr. López Obrador on the side of a bus.Alejandro Cegarra for The New York TimesHis high favor with voters is also a tribute, supporters and critics agree, to his relentless broadcasting of an official narrative in which he portrays himself as a lone warrior for the people, going up against a corrupt establishment.“The results have been below the expectations of the government itself,” Jorge Zepeda Patterson, a prominent Mexican columnist who has supported the president, said, referring to Mr. López Obrador’s achievements during his tenure.“Polarization is very profitable politically, especially if you don’t have results,” said Mr. Zepeda Patterson, adding, “at least you can build the narrative that you are fighting.”The main risk of the recall for the president is the possibility that large swaths of the country just ignore the exercise altogether, especially as it takes place on Palm Sunday. By law, for the vote to become binding, at least 37 million Mexicans need to participate in it — significantly more than the number of people who voted for the president in the 2018 elections that swept him into office in a landslide.A demonstration in support of Mr. López Obrador, in Mexico City on Wednesday. Alejandro Cegarra for The New York TimesBut Mr. López Obrador has already identified a scapegoat in case of low turnout: the country’s electoral watchdog.For months, he has been attacking the National Electoral Institute over what he sees as a failure to dedicate enough resources to advertising and administering the recall vote.“They should have promoted the referendum from the start, not acted dishonestly, keeping silent, not promoting the vote so that people wouldn’t know about it, putting polling booths as far away as possible,” the president said at a recent news conference, referring to the electoral institute. “They’re openly against us, against me.”The institute asked the federal government for more money to oversee the contest, to little avail. With only about half the budget it said it needed, the watchdog installed about a third of the polling stations it would in a normal election.Supporters of Mr. López Obrador at a rally on Wednesday.Alejandro Cegarra for The New York TimesLorenzo Córdova, the leader of the electoral institute, known by its Spanish acronym I.N.E., says he’s being set up to fail.“It’s not just the president,” Mr. Córdova said, “there is an orchestrated, systematic and well designed campaign to discredit the I.N.E.” The point, he said, is to “damage the referee, and eventually pave the way for its political capture.”The nation’s Supreme Court has said political parties cannot advertise the recall, and yet, Mr. López Obrador’s face has cropped up on signs around the country.Mr. Córdova says the electoral institute has not determined who is paying for all of the ads, but said there are at least twice as many of them in states where the president’s party will compete in elections for governor in June.“It makes you suspect there’s political intentionality,” behind the marketing campaign, Mr. Córdova said.The nation’s Supreme Court has said political parties cannot advertise the recall, and yet, Mr. López Obrador’s face has cropped up on signs around the country.Alejandro Cegarra for The New York TimesThere are, of course, strategic benefits that could come from asking the country to weigh in on whether or not they like the president at this particular moment. Mr. López Obrador founded his political party and has an obvious interest in doing everything possible to ensure its victory in general elections to replace him in 2024.The voting patterns in the recall will tell the president where his side’s weaknesses are — and which of the potential candidates for president can get people to the polls.“It’s a kind of experiment, a rehearsal,” said Blanca Heredia, a professor at CIDE, a Mexico City research institution. “Looking ahead to 2024, he can measure the capacity of his operators to mobilize the vote.”Whatever happens on Sunday, for many in Mexico, it’s hard to see how the country’s first-ever presidential recall will seriously damage this president.“Andrés Manuel has this thing where even when he loses, he wins,” said Ms. Heredia. “He always has a way of turning a defeat into a triumph.”The recall election, the first of its kind in Mexico, has the potential to upend the country’s political system by giving citizens a powerful new avenue to hold their leaders accountable.Alejandro Cegarra for The New York TimesOscar Lopez More

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    ¿Cuál castigo a López Obrador?

    CIUDAD DE MÉXICO — Con casi medio millón de muertes en exceso por la pandemia, un estimado de hasta 10 millones de pobres adicionales, pocos avances tangibles en la lucha anticorrupción y una violencia criminal que no cede, la elección intermedia de México debiera haber sido un fuerte golpe a Morena, el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador. No lo fue.Los primeros conteos rápidos —que aún son preliminares— muestran que, si bien la coalición de Morena no tendrá los diputados necesarios para cambiar la Constitución (más de 333), continuará teniendo la mayoría absoluta para cambiar la legislación en el Congreso. Su coalición perderá curules (de tener 308 curules, que había ganado en la elección de 2018, ahora solo tendrá 279). Sin embargo, esta reducción es mucho menor que el promedio de 47 escaños que típicamente pierde el partido en la presidencia en una contienda intermedia.Incluso, Morena, como partido independiente, aumentará sus curules con respecto a la elección de 2018. Entonces logró obtener 191 escaños y ahorase estima que gane entre 190 y 203. Por lo tanto, probablemente Morena tenga más diputados que antes. Ningún partido en el poder en la historia democrática de México ha logrado aumentar su número de curules en una intermedia.Es por ello que, la principal lección de estos comicios es muy clara y es para los partidos de la oposición: esta es una victoria muy magra comparada con la que se debió haber tenido. Y esto se debe, en buena medida, a que la oposición ha creado una plataforma cuya única propuesta tangible es combatir a López Obrador.Pero estas elecciones son también un fuerte llamado de atención para Morena: el electorado está decepcionado de los errores de López Obrador y su partido ahora dependerá de sus aliados para aprobar modificaciones a la Constitución y perdió apoyo en Ciudad de México, uno de los grandes bastiones del obradorismo. Los votantes no les están dando un cheque en blanco.Esto, sin embargo, no debe ser motivo de triunfalismo para los grandes partidos tradicionales (PRI y PAN), que están capitalizando menos los fallos del gobierno de lo que debieran. Y la razón es una tremenda falta de propuestas.México necesita una oposición coherente, con propuestas específicas para empezar a solucionar los problemas de fondo que siguen sin solucionarse. Si en los próximos tres años que le quedan a López Obrador no lo consiguen, aumentará el malestar social que impera y no habrá ningún partido o candidatos que aprovechen los errores del gobierno de la llamada cuarta transformación. México quedará, de nuevo, sin alternativas de representación que nos ayuden a corregir el rumbo de uno de los países más desiguales y violentos del mundo.La oposición es necesaria en cualquier democracia. Y más aún con un gobierno, como el de López Obrador, que se ha mostrado muy poco abierto a hacer concesiones y a cambiar estrategias que no han funcionado (como el plan de seguridad o sus medidas económicas). Con una oposición socialmente sensible, este sexenio mejoraría: lo forzaría a gobernar para todos los mexicanos, lo obligaría a institucionalizar sus políticas y a debatir sus puntos de vista.Así que es indispensable que la oposición esté a la altura de las circunstancias. Quienes la lideren deben eliminar dejos racistas y clasistas de sus programas y agendas. Sus integrantes deben hacer política más allá de las élites y los grupos empresariales. Los resultados muestran que para que exista esa oposición, los partidos deben dejar de pretender que el votante tiene amnesia y votará por cualquier partido que se oponga a López Obrador por el simple hecho de hacerlo.Pedro Pardo/Agence France-Presse — Getty ImagesJose Luis Gonzalez/ReutersLa prueba de que solo aliarse contra López Obrador no funciona es el fracaso de la alianza PRI-PAN-PRD en los estados. La alianza contendió en 10 de 15 estados bajo el argumento de que solo uniendo fuerzas se podría derrotar a Morena. Fue exactamente al revés. Según la información preliminar, Morena derrotó a la alianza en los estados en los que esta contendió.Este rechazo a la alianza debería ser una señal para que los partidos eviten formar coaliciones desdibujadas en asociaciones sin fundamentos programáticos o ideológicos. De hecho, fue una alianza similar a la del PRI-PAN-PRD, la alianza del Pacto por México durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, la que en parte originó el surgimiento de Morena. El movimiento de López Obrador se consolidó en rechazo a esa unión para la aprobación de las reformas estructurales del peñanietismo, diluyendo sus posiciones ideológicas.Otra prueba fehaciente de que la alianza PRI-PAN-PRD no puede tener por estrategia solo el rechazo a López Obrador es la gran fuerza que están cobrando los partidos considerados pequeños. Todo parece indicar que Movimiento Ciudadano gobernará en Nuevo León y el Partido Verde en San Luis Potosí.Estos partidos están logrando posicionarse precisamente porque proponen tanto una alternativa a Morena como al PRI-PAN.Independientemente de lo anterior, un aspecto prometendor de esta contienda ha sido el aumento de liderazgos de mujeres en la política. Hasta antes de esta elección solo había habido ocho gobernadoras en la historia de México. Todo parece indicar que esta elección nos dejará con entre cuatro y seis más, un incremento notable en tan solo un año. Es un avance importante porque muestra que la razón por la que no había más gobernadoras en México no era que el electorado no tuviera interés en votar por ellas, sino que los partidos no les daban oportunidad. Este año, la oportunidad se dio porque el Instituto Nacional Electoral exigió que cada partido registrara al menos siete candidatas a gobernadora.Es tiempo de nuevos liderazgos en México, de más mujeres y más políticos jóvenes, de más personas con una agenda social pero con una plataforma clara y no solo reducida a la confrontación con Morena y el presidente. Ese atajo de la oposición, comprobamos ahora, no es suficientemente efectivo. Los partidos políticos deben ponerse a trabajar más seriamente y de maneras más creativas. Es hora.Viri Ríos (@Viri_Rios) es analista política. More

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    Despite It All, López Obrador Has My Vote

    MEXICO CITY — There seem to be just two types of people in Mexico: those who hate their president and those who love him.Even Andrés Manuel López Obrador himself seems to be fascinated by the division he inspires, fueling the polarization by casting Mexicans as either for the “Fourth Transformation” — the set of administrative, economic and social reforms that he promotes — or against it, with no room for nuance. Every morning the president turns his daily news conferences into a battlefield, singling out adversaries and laying the groundwork for the next 24 hours of verbal attacks.But this polarization is not new. Mexico stopped being one society a long time ago, splitting into two countries, so to speak, that struggle to coexist where they overlap. Both sides are genuinely convinced that their approach for ​​Mexico is the one that best suits the country. And they are both correct, except that they are talking about two different countries.In this Sunday’s midterm elections, these competing visions will face off in what is also a kind of plebiscite three years into the López Obrador administration. Although his Morena party appears to lead in the polls, it’s still unclear whether he can achieve a qualified majority in the legislative branch, which would allow him to modify the Constitution without negotiating with the opposition.Some believe that granting even more power to a president they consider authoritarian would endanger Mexican democracy. His supporters, for their part, are convinced that controlling Congress is necessary to undo the years of economic policies that have prevented poor Mexicans from prospering.Although I disagree with Mr. López Obrador’s personalist leadership style and some of his authoritarian actions, I believe his political aims are a legitimate attempt to afford greater representation to the Mexicans who have been left behind, many of them living in underdeveloped rural areas. More than three decades of an economic model that increased inequality has led to the fragmented and unequal Mexican society that we see today. Given that the opposition has thus far been unable to offer an alternative to this model, I am convinced that Mr. López Obrador is our only viable option.According to the National Institute of Statistics, 56 percent of Mexicans work in the informal sector and lack social security, and not by choice. Mr. López Obrador has enacted social programs that have benefited more than 20 million Mexicans, although it’s not enough for the estimated 52 million who live in poverty.So it’s no surprise that he has significant support among much of the population. That support is even easier to understand when you consider one of the milestones of contemporary Mexico: In 1992, President Carlos Salinas de Gortari signed the North American Free Trade Agreement, betting that privatizing the economy and relying on market forces would modernize and grow the country.But something went awry in the calculations. Over the past 30 years, Mexico’s G.D.P. has grown at an average annual rate of only 2.2 percent, and there are enormous internal inequalities. The 10 richest people have the same wealth as the poorest half of the country, according to a 2018 Oxfam report.Mr. Salinas was unable or unwilling to rein in the elites who benefited from a system of protected monopolies, kickbacks and extraordinary profit margins derived from corruption and inefficiency.Mexico has also modernized its electoral system and built democratic institutions to promote competition, transparency and the balance of power. To the many Mexicans who saw that these supposedly democratic and transparent norms were applied selectively, the changes did not amount to much. Again, modernization seemed to pan out for some Mexicans, but had little effect for those who couldn’t take advantage of it — a majority of the population in need. For many, “democracy” is nothing but a word wielded in elections and in the discourse of leaders who have made themselves rich at the expense of the treasury. According to Latinobarómetro, a regional polling organization, just 15.7 percent of Mexicans said they were satisfied with their country’s form of democracy, making Mexico one of the countries in Latin America with the lowest levels of confidence in government.In 2018, when Mr. López Obrador ran for the presidency for a third time, the indignation and rage of those left behind had reached a boiling point. The signs of discontent were visible: historically low approval of government performance and communities that were willing to take justice into their own hands. Mr. López Obrador offered a political pathway to dissipate this tension and won the election with more than 50 percent of the vote.Since then he has radically increased the minimum wage; established about $33 billion in annual direct transfers and handouts to disadvantaged groups; and begun ambitious projects, like the Mayan train and the Dos Bocas refinery, in regions traditionally overlooked by central governments. Mr. López Obrador’s administration’s financial policy is practically neoliberal, with its aversion to indebtedness; inflation control; austerity and balance in public spending; and rejection of private sector expropriations. During the pandemic, he has been harshly criticized across the political spectrum for his refusal to expand fiscal spending to counteract its disproportionate impact on people, especially those who did not benefit from direct Covid relief.Many describe Mr. López Obrador’s style of governance and his social and economic projects as populist in nature. In attempts to fend off criticism, he’s gone as far as attacking the independent press and anti-corruption groups. The small portion of the population that prospered these past decades has good reason to be irritated and concerned.But in short, Mr. López Obrador is a less radical politician than he’s accused of being and is more prudent with his management of government than he’s given credit for.It’s understandable how the 61 percent of the population that backs him, people belonging to groups that have the most reason to be dissatisfied with the system, assumes that the president is on their side. Mr. López Obrador is not a threat to Mexico, as his adversaries claim. The real threat is the social discontent that made him president.A failure to resolve this issue puts everyone at risk. The two Mexicos must come together. Right now, despite it all, only Mr. López Obrador is in a position to make that possible for his fellow citizens. On Sunday we will know how many of them concur.Jorge Zepeda Patterson (@jorgezepedap) is a Mexican economist and sociologist. He founded the digital daily SinEmbargo and is the author of “Los amos de México,” among other books. This essay was translated from the Spanish by Erin Goodman.The Times is committed to publishing a diversity of letters to the editor. We’d like to hear what you think about this or any of our articles. Here are some tips. And here’s our email: letters@nytimes.com.Follow The New York Times Opinion section on Facebook, Twitter (@NYTopinion) and Instagram. More

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    Elecciones en México y Perú: qué está en juego

    El TimesElecciones del 6 de junio: México y Perú van a las urnasLabores previas a la elección del 6 de junio en el Instituto Estatal Electoral de Chihuahua en Ciudad Juárez, MéxicoJose Luis Gonzalez/ReutersLas dos jornadas electorales han sido percibidas como referendos sobre el manejo de la pandemia y un modelo económico que parece incapaz de mitigar la desigualdad.Las elecciones de hoy, domingo 6 de junio, serán cruciales para millones de latinoamericanos que acudirán a las urnas en México y Perú. América Latina es una de las regiones más afectadas por la pandemia de COVID-19: alrededor de una tercera parte de las muertes causadas por el virus en el mundo se han registrado en países latinoamericanos, a pesar de que solo el 8 por ciento de la población mundial vive ahí. El impacto regional del virus al sur del río Bravo es notable si se considera que, mientras Estados Unidos se prepara para volver a la normalidad pospandémica, países como Argentina, Colombia, Costa Rica y Uruguay atraviesan su peor brote.Mexicanos y peruanos no son los únicos que han votado desde que inició la pandemia. En total, entre 2020 y 2022, se celebran 9 comicios presidenciales a lo largo de 25 meses en América Latina.Ecuador eligió en abril a un exbanquero conservador como su presidente después de una campaña que fue crucial para el movimiento indígena. En noviembre, Honduras y Nicaragua tendrán elecciones presidenciales.Además, este año, los chilenos aprobaron en un plebiscito reescribir su Constitución y Argentina irá a las urnas en octubre para las legislativas de medio término.¿Qué está en juego en las elecciones de hoy? Aquí tenemos las claves. México a elecciones de medio términoLa votación será una prueba de la popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien busca consolidar la mayoría que hoy tiene su partido en el Congreso para avanzar en su proyecto político en los tres años restantes de su sexenio. Para alcanzar una supermayoría en la Cámara baja (334 escaños) el partido de López Obrador, Morena, ha formado coaliciones con el Partido Verde y el Partido del Trabajo.La jornada del domingo será el ejercicio electoral más grande de la historia: 93 millones de mexicanos están convocados a las urnas para decidir sobre unos 20.000 cargos, entre ellos los 500 asientos de la Cámara de Diputados, 15 gubernaturas y miles de puestos locales.López Obrador, quien gobierna el país desde 2018, ha emprendido lo que llama “la cuarta transformación” del país con la promesa de combatir la corrupción y la violencia y redistribuir la riqueza entre los más vulnerables. La austeridad es parte clave de su mandato.Los críticos del presidente han señalado que hasta ahora no ha cumplido con sus promesas electorales y señalan que, en materia de migración, cedió a las demandas del expresidente Donald Trump. Sin embargo, López Obrador llega la mitad de su mandato con altos índices de popularidad.México ha sufrido los embates del coronavirus sin cerrar fronteras ni suspender actividades como muchos de sus vecinos con un manejo muy cuestionado de la emergencia sanitaria. El brote ha infectado a 2,3 millones de mexicanos y ha cobrado la vida de más de 221.695 personas.Los resultados comenzarán a darse a conocer la tarde del domingo y el Instituto Nacional Electoral hará un anuncio hacia las 11 p. m., hora del centro de México, en cadena nacional. Perú en segunda vueltaLos peruanos elegirán a su próximo presidente en un balotaje entre Pedro Castillo, un exmaestro rural y dirigente sindical que postula con un partido de extrema izquierda, y Keiko Fujimori, heredera del legado del exmandatario encarcelado Alberto Fujimori y ella misma acusada por crimen organizado. Ninguno de los dos era el favorito en primera vuelta, cuando se presentaron 18 candidatos.La votación en segunda vuelta se ha convertido en una suerte de referéndum sobre el modelo económico del país, que en los últimos 20 años ha logrado un crecimiento ejemplar en la región pero no ha conseguido eliminar la desigualdad. El Congreso, definido en la primera vuelta, estará dominado por Perú Libre (37 escaños de 130), el partido de Castillo; Fuerza Popular, el partido de Fujimori, tendrá 24 congresistas en la nueva legislatura.Perú ha tenido cuatro presidentes en el último quinquenio: Pedro Pablo Kuczynski, el último mandatario electo en contienda regular, renunció en 2018 después de varios intentos del Congreso por destituirlo; su vicepresidente y sucesor, Martín Vizcarra, quien gozaba de aprobación incluso en los primeros meses de la pandemia, tuvo el mismo destino. La turbulencia política del último quinquenio ha estado marcada por escándalos de corrupción y un creciente descontento popular con la clase gobernante. Tres expresidentes de Perú han estado investigados por casos de corrupción y uno más, Alan García, se suicidó cuando las autoridades estaban a punto de arrestarlo. A pesar de las rápidas medidas para contener el avance del coronavirus, el país ha sido uno de los más afectados por la pandemia a nivel mundial. Recientemente las autoridades sanitarias reconocieron que la cantidad de fallecimientos por COVID-19 era de más de 180.764, casi el triple de lo reflejado en el registro oficial.Los resultados empezarán a darse a conocer en el sitio del Jurado Nacional de Elecciones conforme vayan cerrando las mesas de votación la tarde del domingo. More

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    López Obrador, pese a todo

    CIUDAD DE MÉXICO — México parece estar habitado exclusivamente por dos tipos de seres humanos, los que odian a su presidente y los que lo aman.El propio Andrés Manuel López Obrador luce fascinado con los sentimientos encontrados que provoca. Él mismo ha alimentado la polarización con su frase: “O se está con la transformación o se está en contra de la transformación del país”, sin admitir medias tintas. Y todos los días el mandatario convierte sus conferencias de prensa matutinas en arena de confrontación, señalando adversarios y construyendo el campo de batalla verbal para las siguientes 24 horas.Pero no se trata de una polarización artificial. Hace buen rato que México dejó de ser una sociedad para convertirse en dos países, por así decirlo, con una difícil convivencia en las zonas en que se traslapan. Las dos partes están genuinamente convencidas de que su idea de país es la que más conviene a México. Y tienen razón, salvo que cada cual habla de un país distinto al que la otra parte tiene en la cabeza.Este domingo, en las elecciones intermedias, habrán de confrontarse estas dos visiones en una especie de plebiscito a mitad del gobierno de López Obrador. Si bien su partido, Morena, llega con amplia ventaja en la intención de voto, no está claro que pueda conseguir la mayoría calificada en el poder legislativo que le permitiría hacer cambios en la Constitución sin necesidad de negociar con la oposición. Algunos consideran que darle ese poder a un presidente al que acusan de autoritario, pondría en riesgo a la democracia mexicana. Los obradoristas, por su parte, están convencidos de que el control del Congreso es necesario para destrabar los obstáculos interpuestos por los políticos y los grupos económicos contra la posibilidad de un cambio en favor de los pobres.Creo que hay un punto medio. Aunque estoy en desacuerdo con algunos modos y acciones de López Obrador —como el estilo personalista y los beneficios que le ha dado al ejército mexicano—, creo que su proyecto político, pese a todo, sigue siendo un legítimo intento de darle representatividad al México rural y menos favorecido por más de tres décadas de un modelo económico que los excluyó ensanchado las brechas de la desigualdad.Esta disparidad amenaza el tejido social mismo de la nación. Por razones éticas pero también por prudencia política, resulta urgente conjurar los riesgos de inestabilidad social que deriva de la difícil convivencia de estos dos Méxicos. Y dado que la oposición hasta ahora ha sido incapaz de ofrecer una alternativa a este problema, estoy convencido de que López Obrador es la única opción viable para evitar la desesperanza de las mayorías y lo que podría entrañar.Nada ejemplifica mejor la noción de estos dos Méxicos: el 56 por ciento de la población laboralmente activa trabaja en el sector informal, no es reconocida en su propio país y carece de seguridad social. Es una proporción que ha crecido a lo largo del tiempo; no se trata de un anacronismo que vaya a desaparecer con el desarrollo, sino que es producto de este tipo de desarrollo. El sistema ha sido incapaz de ofrecer una alternativa para sustentar a su población.Para entender el respaldo de la mayoría de los mexicanos en la mitad del sexenio, hay que regresar a uno de los hitos del México contemporáneo. A principios de los años noventa del siglo pasado, el presidente Carlos Salinas de Gortari propuso una apuesta ambiciosa y provocadora: firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, privatizar la economía y confiar en las fuerzas del mercado para modernizar al país. La premisa tenía lógica: priorizar a los sectores y regiones punta de la economía equivalía a apostar por una locomotora poderosa capaz de arrastrar a todo el tren, incluidos los vagones más atrasados.Pero algo falló en esta apuesta. En los últimos treinta años el promedio de crecimiento de México ha sido de alrededor del 2,2 por ciento anual y con enormes disparidades internas (las diez personas más ricas de México acumulan la misma riqueza que el 50 por ciento más pobre del país, según un reporte de 2018 de Oxfam).Salinas fue incapaz de subordinar a las élites privilegiadas o no quiso hacerlo, y terminó con una apertura tropicalizada, con monopolios locales protegidos, prebendas y márgenes de utilidad extraordinarios derivados de la corrupción y la ineficiencia. El fenómeno provocó una sensación de prosperidad en unos vagones pero fue incapaz de arrastrar al país en su conjunto.En términos políticos sucedió algo similar. En los últimos treinta años México modernizó su sistema electoral y construyó instituciones democráticas, para favorecer la competencia, la transparencia y el equilibrio de poderes. Otra vez, una modernización que parecía tener sentido para una porción de mexicanos, pero con escaso efecto para quienes quedaban atrás.Para muchos, democracia solo es una palabra esgrimida en las elecciones y en el discurso de gobernantes que se han enriquecido a costa del erario. Según Latinobarómetro, en México apenas el 15,7 por ciento de los entrevistados dijeron estar satisfechos con la democracia y es uno de los países del continente con menor confianza en su sistema de gobierno.En 2018, cuando López Obrador se lanzó por tercera vez a la presidencia, la indignación y la rabia de ese México profundo parecían haber llegado a un límite. Los signos de descontento eran visibles: desaprobación a niveles históricos del desempeño del gobierno y, ante el abandono estatal, algunas comunidades empezaron a hacer justicia por mano propia. López Obrador ofreció una vía política electoral para esa crispación y obtuvo el triunfo con más del 50 por ciento de los votos.Desde entonces ha intentado gobernar en beneficio de ese México sumergido. Aumentó el salario mínimo, estableció —según declaraciones de su gobierno— transferencias sociales directas por alrededor de 33.000 millones de dólares anuales a grupos desfavorecidos e instrumentó ambiciosos proyectos para las regiones tradicionalmente obviadas por los gobiernos centrales, como el sureste del país, con los controversiales Tren Maya o la refinería Dos Bocas.Muchos califican su estilo de gobierno y sus proyectos sociales y económicos de rústicos y premodernos. Su afán de hacerse un espacio entre otros poderes bordea el límite de lo permitido por la ley, como cuando ataca a la prensa independiente. El pequeño porcentaje de la población que prosperó en estas décadas tiene razones para estar irritada o preocupada. Y, sin embargo, en casi tres años las sacudidas han sido más verbales que efectivas.AMLO no ha sido el ogro de extrema izquierda al que muchos temían. Pese a su verbo radical, la política financiera de su gobierno es prácticamente neoliberal: aversión al endeudamiento, control de la inflación, austeridad y equilibrio en el gasto público, rechazo a expropiaciones al sector privado o a la movilización de masas en contra de sus rivales.Durante la pandemia, su gobierno repartió un millón de ayudas y microcréditos de aproximadamente mil dólares con bajo interés a pequeñas empresas, pero en conjunto el presidente fue duramente criticado por todo el espectro político por su negativa a expandir el gasto fiscal para contrarrestar el impacto de la covid en el empleo y ayudar a quienes no se benefician de sus programas sociales. Con todo, es un político menos radical de lo que se le acusa y más responsable de la cosa pública de lo que se le reconoce.El 61 por ciento de la población que lo apoya, perteneciente a los sectores que más razones tienen para estar descontentos con el sistema, asume que quien habita en el Palacio Nacional habla en su nombre y opera en su beneficio. El presidente no es una amenaza para México, como dicen sus adversarios, pero sí lo es la inconformidad social que lo hizo presidente.Neutralizarlo, sin resolver el problema, es el verdadero peligro para todos. El divorcio de los dos Méxicos requiere reparación, hacer una pausa para voltear a ver a los dejados atrás, volver a enganchar los trenes y asegurar que en él viajamos todos. En este momento, solo López Obrador, pese a todo, está en condiciones de ofrecer esa posibilidad a los ciudadanos. El próximo domingo sabremos cuántos de ellos están de acuerdo.Jorge Zepeda Patterson es analista político, con estudios de doctorado de Ciencias Políticas de la Sorbona de París. Fundó el diario digital SinEmbargo y ha dirigido medios locales. Es autor, entre otros libros, de Los amos de México. More

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    México y la decadencia de la política

    La política cayó al terreno del freak show en México. El mercado electoral del país es un espectáculo que nada más parece necesitar los personajes rimbombantes de Federico Fellini.Ahí está Lucía Pino, una modelo apodada la Grosera, que promete implantes de senos si la eligen diputada. O Samuel García, un muchacho que dice haber sufrido la mano dura de su padre cuando lo despertaba de madrugada para ir al campo de golf y ahora ha reclutado a roqueros avejentados para que oficien de claque musical de su candidatura a gobernador del estado de Nuevo León. Y luego está el Tinieblas, el luchador de la máscara dorada, otro ejemplo del ridículo normalizado. Su partido, Redes Sociales Progresistas, el mismo que promueve a La Grosera, dice defender los derechos de las minorías, pero cuando le preguntaron cómo integraría a la comunidad LGTBIQ+ a su gobierno en la delegación Venustiano Carranza de Ciudad de México, el Tinieblas no supo qué responder. Después de que le repitieron la pregunta, dijo que protegería a las mujeres.Una panoplia de outsiders —actores, luchadores, cantantes o influencers en las listas de candidatos— se ofrece en las elecciones del 6 de junio en México como alternativa a la omnipotencia del presidente Andrés Manuel López Obrador y a una oposición sospechosa de casi todo. Ese circo prefigura un futuro desastroso para México. El nihilismo, combinado con la dinámica de las redes sociales, está creando un escenario desalentador y degradante. Más que democracia, vodevil electoral.Internet ha permitido la movilización de causas loables como el activismo de justicia racial, pero también, como decía Umberto Eco, le dio una audiencia a idiotas e imbéciles, y al vecino enojado. Su impulso a la rabia social y apatía general podría alimentar un voto suicida: elegir a quien sea con tal de acabar con la clase política tradicional.Estas candidaturas silvestres, posibles en buena medida por las redes —dice mucho que un partido se llame Redes Sociales Progresistas— han banalizado la política cuando más se necesita vigilancia democrática, debates programáticos y planes concretos para resolver los problemas de fondo de México.Claro, si esa oferta electoral está ahí es porque alguien ha sospechado —quizás con certeza— que el absurdo suma votos. No hay nada consolador en eso: México se apresta a definir una elección crítica —que dé la mayoría absoluta a AMLO en el Congreso o introduzca resistencia a su determinación hegemónica— con votantes agobiados de una clase política decadente y una degradación general de la discusión pública. La campaña electoral mexicana, además de sangrienta e insegura (han sido asesinados más de una decena de candidatos) es un programa de televisión de variedades largo y malo. Y mientras la política del show atrae la atención y el morbo, López Obrador avanza sus ataques contra sus críticos y los organismos de control.La mismísima política creó las condiciones para que la antipolítica se apropie de la política. Partidos que por décadas abusaron del poder para entronizar una casta autorrenovable (el PRI), formaciones incapaces de ofrecer un cambio sostenible (el PAN) y opositores que fracasaron en crear una vía progresista (el PRD), lanzaron al electorado hacia Morena, un movimiento personalista creado por López Obrador, quien cree ser un padre fundador.Suele suceder: cuando la oferta electoral tradicional defrauda sin cesar, las sociedades se corren al margen, y hasta 2018, AMLO era el outsider. Pero cuando también falla esa opción limítrofe, la gente puede saltar los límites. Entonces brota el freak show de la Grosera y su oferta de cirugías, golfistas roqueros, luchadores desinformados. Poco se discute de ideas. La conversación gira alrededor de lo estrambótico y febril; estéril para el debate pero productivo para la distracción.El Tinieblas, un luchador que está en la contienda por la alcaldía de la delegación Venustiano Carranza en Ciudad de MéxicoMario Guzman/EPA vía ShutterstockEl nihilismo preinternet se agotaba en las discusiones de los cafés, pero ahora las redes sociales le han dado un amplificador inigualable. No las demonizaré, porque sus costados positivos son significativos, pero Twitter, Facebook e Instagram han facilitado tanto la aparición de figuras escasas de planes y motivadas por los likes como la propagación del ciudadano desencantado, ese elector al que le da igual votar a cualquiera nuevo porque lo viejo está podrido.No es nuevo. En 2001, miles de indignados desafiaron a la clase política en Argentina con su grito “Que se vayan todos”. Pero el fenómeno es todavía más antiguo. En los años cuarenta del siglo pasado, el periodista romano Guglielmo Giannini creó la publicación L’Uomo Qualunque (El hombre común), una usina contra las élites políticas. Su lenguaje era sencillo y su eslogan, un canto al nihilismo: “Abajo todos”. El movimiento que engendró el semanario de Giannini legó un término que se sigue usando, el qualunquismo, que se convirtió en sinónimo de apatía política.La apatía y el enojo siempre buscan un camino y cuando no hay canales, se hará uno. Las candidaturas más o menos espontáneas son buenas para vehiculizar el hartazgo del momento pero no para resolver la gestión de la cosa pública. Candidatos milagreros siempre hubo; hoy son más porque la crisis de representatividad es extendida y son más visibles porque la posibilidad de hacerse oír es ubicua gracias a internet.Es una situación arriesgada. Manejar un Estado requiere burocracias entrenadas y capacidad de generar consensos. El qualunquista no ofrece eso; nada más acabar con lo conocido. Un eslogan, no un plan. Implantes, rocanrol, máscaras vacías.Cacarear en las redes para obtener votos no es difícil, pero ofrecerse como candidato antisistema, ganar y luego decepcionar en el poder por incapacidad o conveniencia —siendo cooptado o absorbido por las viejas dinámicas sistémicas— llevará la desazón social mucho más lejos. Si los candidatos outsiders potencializados por las redes sociales, como la Grosera, el Tinieblas o García, representan ya saltarse los márgenes del sistema, ¿qué queda?: ¿Autócratas francos? ¿Militares? ¿O una vuelta a partidos renovados?México no tiene una salida fácil en la elección de junio. La apatía política y el voto suicida llevados al extremo con el freak show de la política del espectáculo no es la solución a la rabia de los ciudadanos. Es apenas un escalón más para un “que se vayan todos” aún más nocivo.Diego Fonseca (@DiegoFonsecaDF) es escritor y editor. Es director del Seminario Iberoamericano de Periodismo Emprendedor en CIDE-México y maestro de la Fundación Gabo. Voyeur es su libro más reciente. More